JONAS SULFURINO
La Tradición nos habla de los conjuros y de los rituales que algunos Brujos y Hechiceros del
Mal han practicado y practican. Quizas muchas veces se ha exagerado e incluso se ha
desvirtuado, pero lo que si es cierto es que no todo es mentira.

Cuando he estado preparando material para esta sección de la web, he encontrado un relato
que nos puede ilustrar sobre las artes negras y sobre cosas que se han escrito, el que se crea o
no, insisto, es ya diferente. El grimorio del que hablo se llama "El Libro de San Cipriano" y
empieza asi:

AL MUNDO ENTERO

"Yo, Jonas Sulfurino, monje del Monasterio de Brooken, declaro solemnemente, postrado de
rodillas ante el firmamento estrellado, que he mantenido tratos con todos los espiritus superiores
de la corte infernal. Ellos me han mostrado este libro, escrito en pergamino inmaculado con
caracteres hebreos.

Cuando entre en el Monasterio pedi ir a cuidarme de la biblioteca, me aisle por completo y pase
los años en los mas profundos y misteriosos estudios. Allí habian innumerables volumenes que
trataban de las artes magicas. La simple lectura de algunos de ellos me convencio de que alli se
encontraba lo que buscaba.

Partiendo de la idea de los espiritus buenos y malos, que de verdad existen, ya que al
mismisimo Hijo de Dios se le apareció el diablo antes de su muerte para tentarlo, y la misma
Iglesia y religion les da poder para tentarnos, en una noche de invierno que reinaba una terrible
tormenta me dirigí a lo alto de una montaña cercana, cuando todo el mundo dormía en el
Monasterio.

El huracan se estrellaba contra mi cuerpo, los relampagos cruzaban incesantemente sobre mi
cabeza y el vendaval retorcia furiosamente mi habito monacal. Y conjuré al diablo y este se me
apareció.

Le pedí relaciones, para poseer los misterios de la vida y de la muerte, y el me los concedió,
volví a mi celda y a partir de entonces cuando lo invoqué se me apareció. El, en fin, me ha
revelado el libro que lego a la posteridad, como la llave de oro que abre y descifra los supremos
arcanos de la vida y de la naturaleza, completamente ignorados por los seres incredulos o
vulgares. Vale.

Monasterio de Brooken. Año de Gracia 1001
Jonas Sulfurino
SAN CIPRIANO

Hijo de una de las principales familias de Antioquia, según las crónicas mágicas, Cipriano se
dedicó desde muy joven a las prácticas del ocultismo.

A los veinte años de edad ya gozaba de una gran reputación entre sus paisanos, quienes le
visitaban frecuentemente tanto para formularle consultas sobre el arte encantatorio como para
ilustrarse sobre cuestiones filosóficas, en las cuales Cipriano era también muy versado.

Cierto día, cuando paseaba por las afueras de la ciudad, Cipriano se topó con dos jóvenes que
se estaban batiendo en duelo. El Gran Cipriano, como ya le llamaban, amante de la paz, se
interpuso entre ambos jóvenes y les interrogó sobre la causa del desafío. Ambos muchachos,
Flavio y Lelio, enamorados de la misma joven, habían determinado batirse a duelo con objeto de
que al morir uno de ellos, el otro quedara libre para aspirar al cariño de la que amaban. Cipriano
les propuso actuar como mediador ante la muchacha para que ella decidiera a quién de los dos
prefería. Ambos amigos aceptaron la mediación del mágico, y acordaron que aquel que quedara
desairado se conformaría pacíficamente y cedería el campo a su venturoso rival.

Cumpliendo su promesa, al día siguiente Cipriano se presentó en casa de la joven Celia, y
quedó tan prendado de su belleza que pronto olvidó su misión y se sintió repentinamente
enamorado de ella.

Haciendo un poderoso esfuerzo de voluntad, expuso al fin el motivo de su visita, y suspiró
aliviado cuando Celia le aseguró que no amaba ni a Flavio ni a Lelio y que, por lo tanto, ellos no
debían abrigar la menor esperanza. En vista, pues, de que ninguno de los dos amigos podía
conmover el corazón de la bella, Cipriano se aventuró a revelarle su fulminante amor.

-Vos tampoco podéis acariciar esperanzas, buen Cipriano. Aunque estimo vuestra preferencia,
me veo en el deber de rechazaros. Mi vida está consagrada a la nueva fe.

-¿Os habéis hecho cristiana?

-Sí.

A la sazón, el cristianismo se estaba propagando entre los gentiles y Celia era uno de los
nuevos adeptos. Cipriano se fue desalentado, herido en su amor propio y decidido a doblegar la
voluntad de la muchacha. Al llegar a su casa se puso a confeccionar de inmediato un filtro
amoroso.

Cogió una de las víboras del cesto, le cortó la cabeza y la puso al fuego sobre una piedra
caliente. Después de desecada, la redujo a polvo en el mortero le agregó el hipómanes de un
potro joven, unas onzas de láudano y un escrúpulo de semillas de cáñamo. Disolvió la mezcla
en un julepe de vino y puso a macerar en él un pedazo de su camisa de dormir, usada durante
más de dos noches.

Transcurridos unos días, quitó el pedazo de lienzo y añadió unas gotas de tintura de cantáridas.
Tras haberse frotado las manos concienzudamente con la mixtura, marchó de nuevo a visitar a
Celia, con la excusa de reiterar la misión que Flavio y Lelio le encomendaran. Como el mágico
esperaba, el filtro no tardó en producir sus efectos, y la esquiva Celia cayó rendida de amor en
sus brazos.

Cuando la joven pudo darse cuenta de lo ocurrido, comenzó a llorar amargamente, y reprochó a
Cipriano que hubiese usado de sus malas artes para seducirla. Al ver la desolación de la
muchacha, y arrepentido de haber utilizado aquellas armas, Cipriano le pidió perdón y le juró
que jamás volvería a molestarla.

De vuelta a su casa, abatido, Cipriano se puso a reflexionar amargamente. Contrito, se disponía
a destruir todos sus instrumentos mágicos, cuando oyó que llamaban a la puerta. En el umbral,
un forastero se apoyaba con aire de cansancio. El desconocido le pidió asilo por aquella noche,
y Cipriano le hizo entrar en su casa y le invitó a compartir su yantar.

-Os veo triste -le dijo al cabo de un rato el forastero- y aunque soy un extraño, si confiáis en mí
podría remediar vuestras penas...

-Os doy las gracias, pero eso no es posible. Mis penas ya no tienen remedio -respondió
Cipriano.

-Yo os aseguro lo contrario y si queréis comprobar mi buena voluntad, os prometo hacer
maravillas, de tal naturaleza, que os convencerán de que poseo un poder desconocido para vos.

-En ese caso, haced que se presente aquí y al momento la persona a quien amo; y que me
demuestre su cariño de modo vehemente -le dijo Cipriano con una sonrisa, aceptando el
desafío.

Pero apenas había terminado de formular su petición cuando Celia apareció ante él, vestida
sólo con un velo y tendiéndole los brazos.

-Aquí estoy, Cipriano amado. Mi cuerpo y mi alma te pertenecen.

Cipriano también tendió sus brazos, pero éstos sólo pudieron abrazar el vacío. La visión se
había disipado al instante.

-¿Qué magia, qué hechizo es este que me hace perder la razón? ¿Quién sois vos, forastero?
-gritó Cipriano, arrebatado, interpelando a su huésped.

-Seria mejor que me preguntarais qué clase de ciencia es la que ejecuta tales prodigios...

Al advertir el repentino fulgor de los ojos del desconocido, Cipriano comprendió que se hallaba
ante el mismo Satanás.

-Tú puedes lograr los mismos prodigios -siguió el forastero-, pero para ello es preciso que
adquieras los conocimientos necesarios. Te entregaré un libro que resume toda la ciencia de la
naturaleza.

El estudio de esta ciencia sólo se adquiere con dedicación y perseverancia. Pero te exijo dos
condiciones: la primera, que debes entregarte a mí en cuerpo y alma; la segunda, que durante
el plazo de un año no has de distraerte del estudio y las prácticas que yo te haré conocer...

Cipriano, dominado por completo por el deseo de saber, subyugado también por el ascendiente
que sobre él ejercía el misterioso personaje, aceptó obedecerle ciegamente con tal de que le
pusiera en posesión de tan poderosa ciencia, al tiempo que, en su interior, barruntaba ya la
forma de burlar el pago que el diablo le exigía a cambio.

Durante un año, a partir de aquella fecha, nadie volvió a ver ni a saber nada de Cipriano.
Transcurrido este tiempo, Cipriano regresó a Antioquia y sorprendió a todos con sus
maravillosos prodigios.

Según la tradición, el diablo puso en manos de Cipriano un libro escrito en hebreo, El gran
Grimoría, que algunos atribuyen también al papa Honodo, y el cual encerraba entre sus páginas
los secretos cabalísticos del dragón rojo y la cabra ínternal, o cabra del arte, así como también
el maravilloso secreto de los números, o sea el conocimiento de la cábala. Antes de recibir la
palma del martirio, en el libro que se le atribuye, Cipriano dice: «El número no es otra cosa que
la repetición de la unidad. La unidad penetra fácilmente en los números y es la, medida común
de todos ellos, así como es su manantial y su origen... La unidad es el alma vegetal y mineral
que se encuentra en todas partes, que nadie conoce y que ninguno llama por su nombre, pero
que está oculta bajo números, figuras y enigmas, y sin la cual ni la alquimia ni la magia natural
podrían tener éxito...»

Influido ya en esta época por las doctrinas cristianas, Cipriano añade: «Así como el uno es la
armonía, el dos es el antagonismo, la unión momentánea de dos fuerzas en equilibrio, el
principio del movimiento. Simboliza la acción de la vida, mientras que el tres es la existencia, el
péndulo, el cual, asociado al dogma cristiano, representa a Dios, vita, verbum, lux...»

Además de su profundo conocimiento de la cábala se atribuyen a Cipriano poderes
extraordinarios. La gente le consultaba respecto a objetos perdidos y él los encontraba mirando
fijamente en un vaso de agua. Algunos exegetas añaden que Cipriano veía sobre la superficie
del agua paisajes lejanos, rostros, el interior de los hogares y personas ya desaparecidas.
También se le atribuyen dotes de magnetismo y fascinación, hasta el punto de producir
catalepsia en los individuos que hipnotizaba.

Toda esta información, por supuesto, debe ser tomada con la mayor circunspección, pues
procede de viejos textos que realzan, por un lado, la influencia decisiva de San Cipriano en el
auge de la iglesia de Antioquia, mientras que por otro lado acusan los rasgos esotéricos del
mago, bajo cuya aureola, posteriormente a su martirio, comenzaron a aglutinarse ramas
heterodoxas cristianas y también sociedades secretas que en su evolución histórica se
bifurcaron también en diversas ramas, una de las cuales dio origen a las Siete Iglesias del
Apocalipsis, suerte de masonería incipiente que bajo la autoridad de un consejo supremo o
Sinedrión -comité de siete adeptos- tenía potestad para elegir al hermano Abraham o grado
máximo de la secta.

Fácilmente asociable a la vía semítica a que antes aludimos, Cipriano define al hombre como
semejante a Dios, puesto que su ser encierra tres personas: el pensamiento, el cuerpo astral o
sideral y el cuerpo terrestre, es decir, las tres unidades o mundos de la cábala.

La hagiografía de Cipriano dice que cuando le nevaban al circo para arrojarle a las fieras, se
encontró con Celia y Justina, condenadas también a recibir la palma del martirio. Sin embargo,
en los comentarios de Suforino a la obra de San Cipriano, dice que sus discípulos le llamaban
Sadik, que es el titulo de veneración que los esenios y gnósticos daban a sus maestros.

Este mismo saludo, efectuado mientras se juntaban piadosamente las manos, es el que se hacia
a Baal Schem Tab, cuyo nombre profano era Israel Ben Eliezer, fundador en el siglo XVIII de la
secta mística de los haxidianos, destinada a proseguir los misteriosos estudios de la cábala. En
los textos de los primeros Sadiks, la figura de Cipriano reviste un carácter más esotérico en
relación con el expuesto por los comentaristas cristianos. Sustancialmente, la versión de su vida
es la misma, a excepción de la figura de Celia, quien, en lugar de ser la piadosa joven de los
hagiógrafos cristianos, es la encarnación de Lilith, la primera mujer de Adán y la representación
del diablo hembra, de acuerdo con las tradiciones judías